
ISSN 1851-0027
Año 2007. Número 2: 66-70
www.comechingonia.com
Recordando a Nicolás de la Fuente
El 19 de Abril se apagó el corazón de Nicolás de la Fuente. Quienes pertenecemos al ámbito de la investigación arqueológica, hemos conocido su interés y dedicación permanente al estudio del pasado prehispánico del país, su incansable vocación, motor de múltiples proyectos dirigidos a identificar las antiguas culturas aborígenes.
Lo recordamos rodeado de libros; sus escritorios en Córdoba, en Catamarca o en La Rioja, eran, en realidad multifacéticas bibliotecas, que apenas saciaban su afán por el conocimiento histórico, arqueológico, político, literario, social; todo nuevo descubrimiento, todo aspecto del saber, toda novedad intelectual lo deslumbraba, y era capaz de irradiarla y transmitirla a sus colegas, colaboradores y alumnos.
Llevó siempre con orgullo el título de Maestro Normal Nacional, maestro riojano que buscó perfeccionarse en Córdoba. Aquí obtuvo el título de Profesor de Letras Modernas en el Instituto Superior del Profesorado “Alejandro Carbó”; sin embargo sus búsquedas intelectuales tomaron otro camino: la Historia. Se inscribió como uno de los primeros alumnos de la recién creada Escuela de Historia de la Universidad Nacional de Córdoba, de la que egresó en 1966. Iniciados estos estudios, la arqueología fue su camino y a ella le dedicó sus afanes, su tiempo, su vida.
Quizá su vocación nació en los valles riojanos, donde pasó su niñez; entre los olivares añosos y los ríos de fuertes crecientes veraniegas, que arrancaban de las profundidades de la tierra los vestigios de antiguos pueblos olvidados. A su suelo natal entregó las primeras investigaciones, orientadas hacia diferentes espacios de su geografía : el Valle de Vinchina, las Sierras de Famatina y de Velazco, los poblados simétricos en la Quebrada de Chañarmuyo, los caminos que el inca construyó, trepados en los cerros.

Nicolás de la Fuente, en “La Tunita”, Sa. De Ancasti, Catamarca, con A. Rex González, uno de sus maestros.
Las sociedades formativas de la etapa conocida como “ Cultura de la Aguada” fueron uno de los principales motivos de su interés y a ella realizó aportes de mucho valor, como el de las pinturas rupestres de Ancasti en la Provincia de Catamarca; a “ La Tunita” le dedicó trabajos y gestiones, investigaciones y proyectos de difusión, instaló el tema en los círculos científicos y en el público interesado en las culturas aborígenes.
Córdoba significó, desde los inicios de su carrera otro motivo de estudio del pasado autóctono. A inicios de los años 70, como docente en las universidades Nacional y Católica de Córdoba, emprende investigaciones arqueológicas en el área de llanura de la provincia, hasta entonces poco consideradas en la bibliografía especializada. Como asesor científico del Museo Arqueológico Provincial “Aníbal Montes” de Río Segundo, forma un equipo de investigadores (docentes y estudiantes universitarios) con los que recorre los sectores ribereños y las llanuras adyacentes de los ríos Suquía y Xanaes, ampliando de este modo los conocimientos que se tenían hasta entonces de las poblaciones aborígenes de las planicies.

En el Sitio Costasacate, Río II, Córdoba, junto a sus discípulos y colaboradores.
Sus objetivos estuvieron siempre ligados a la relación entre la investigación, la docencia y la difusión científica. Entendió que la ciencia tiene un uso social, que el conocimiento del Patrimonio es la principal garantía de su preservación.
Apoyó esta idea con una ininterrumpida actividad en Córdoba, Catamarca y La Rioja como docente universitario, disertante en conferencias, cursos, asesoramientos, publicaciones en libros y revistas que integran su nutrida bibliografía.
La reseña de sus actividades incluye una larga exposición sobre acciones de distinto tipo: fundación y asesoramiento de museos, organizador de cursos y congresos, editor de revistas, autor de proyectos de leyes referidas a la protección del patrimonio arqueológico, miembro de las más importantes entidades científicas provinciales, nacionales e internacionales, representante de las universidades en organismos y eventos científicos, autor de artículos en revistas especializadas y de difusión, manuales escolares.

Nicolás fue un apasionado de la Arqueología del N.O.A.
Algunos hitos en esta carrera son la fundación y dirección de los Institutos de Antropología de la provincias de San Luis, de La Rioja; del Centro de Investigaciones Antropológicas de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Catamarca, provincia de la que fuera Director de Cultura; en Córdoba fue Director del Museo de Antropología y del Instituto de Antropología de la Universidad Nacional.
Logró cumplir uno de sus sueños: la creación de la Escuela de Arqueología de la Universidad Nacional de Catamarca. Como una intrincada red, esta institución concretaba sus anhelos como docente y como científico: una institución oficial, de máximo nivel , que fuera responsable de la formación de los nuevos arqueólogos, preparados en la interdisciplina, entrenados para manejar los avances técnicos, capacitados para estudiar y administrar los múltiples recursos patrimoniales desde el interior del país, generando conocimientos desde la sabiduría y desde la defensa de lo propio, desde esta rica herencia que requiere, sin embargo, una continua construcción.
Con él se ha ido uno de los representantes de las etapas iniciales de la Arqueología Argentina. Nos ha dejado una producción valiosa, sus obras lo sobrevivirán, como todo lo construido sobre sólidas bases. Tal vez lo intangible de su acción: el entusiasmo y el fervor por la arqueología que despertaba en sus discípulos, su permanente vocación que no declinaba en las dificultades de las gestiones, su ansia de descubrir los viejos pueblos nativos y sus formas de vida, el apego a la ética profesional, constituyan el legado que permanecerá entre nosotros.
