
ISSN 1851-0027
Año 2008. Número 3:145-158
www.comechingonia.com
Aníbal Montes y el pasado indígena de Córdoba.
Recibido el 28 de octubre de 2008. Aceptado el 15 de enero de 2008
Sebastián Pastor
Lab. y Cátedra de Prehistoria y Arqueología (U.N.Cba.) - CONICET
pastorvcp@yahoo.com.ar
Resumen
Aníbal Montes se trata de un clásico “atípico” dentro del campo de estudios, por su carácter multifacético y autodidacta, por la variedad, escala y rigurosidad de sus contribuciones y por ser quien dedicó al problema de la Córdoba antigua sus principales esfuerzos intelectuales.
Palabras Clave : Arqueología, Montes, Córdoba
Abstract
Aníbal Montes is an atypical classic within researches field, because of polifacetic and autodidactic character, because of the variety, scale and rigorist of his contributions and because of being who invested his prime intellectual forces in ancient Cordoba problem.
Keywords : Archaeology, Montes, Córdoba
Aníbal Montes nació en Salto (provincia de Buenos Aires) en 1886. Abrazó la carrera militar, alcanzando el grado de Teniente Coronel , y obtuvo asimismo el título de Ingeniero Civil en la Universidad Nacional de Córdoba. Tras su temprano retiro del ejército se dedicó a una intensa labor investigativa sobre el pasado indígena de Córdoba, sostenida por veinte años hasta su fallecimiento en 1958. Se trata de un clásico “atípico” dentro del campo de estudios, por su carácter multifacético y autodidacta, por la variedad, escala y rigurosidad de sus contribuciones y por ser quien dedicó al problema de la Córdoba antigua sus principales esfuerzos intelectuales.
Sus aportes atañen al campo de la arqueología prehispánica y al de la historia colonial temprana. Con respecto al primero sobresalen algunas investigaciones que permitieron reconocer la profundidad temporal del proceso anterior a la conquista, desestimada por la mayoría de los arqueólogos de la época. Los trabajos en Miramar (laguna Mar Chiquita) y en la Gruta de Candonga (Sierras Chicas) persisten como dos de las evidencias más firmes (entre las muy pocas) de restos humanos y/o contextos culturales atribuibles al límite Pleistoceno-Holoceno ( ca. 12500-8500 AP; Bryan 1945; Castellanos 1943; Montes 1960; Zandrino 1959).
Con respecto a los grupos cazadores-recolectores del Holoceno temprano y medio, descubrió y dio a conocer sitios altamente significativos (hoy ya clásicos) como Ayampitín en la pampa de Olaen y el Abrigo de Ongamira, en el valle interserrano homónimo sobre las Sierras Chicas (González 1943, 1952; Menghin y González 1954; Montes 1943). Para el Holoceno tardío se destacan los estudios en la Cueva de los Indios, en el límite entre la pampa de Olaen y el valle de Punilla (González 1949). Durante esta etapa contó con la colaboración de su yerno Alberto Rex González, años más tarde famoso arqueólogo.
Paralelamente a estas investigaciones de campo completó una vasta y minuciosa tarea en el Archivo Histórico y en el Archivo del Catastro de la Provincia de Córdoba. Como señaló recientemente González (2008), el interés principal de Montes por aquellos años era investigar y secundariamente publicar. Sus aportes fueron anunciados como partes o capítulos de una obra mayor que permaneció inédita. Sobresalen entre ellos el “Nomenclador Cordobense de Toponimia Autóctona” (Montes 1950, 1956) y “El problema etnográfico de los Sanabirón y de los Comechingón” (Montes 1958).
Teniendo en cuenta la temática del taller y aprovechando la reciente publicación de su obra de conjunto “Indígenas y Conquistadores de Córdoba” (Montes 2008), nos detendremos en algunos de sus puntos sobresalientes, sin intentar una reseña minuciosa. Se consideran sus aspectos originales y los aportes al conocimiento (a pesar de haber sido escrita hace más de 60 años), así como sus posibilidades para la definición de nuevos problemas de investigación o para avanzar sobre otros de escaso desarrollo. También se descartan o relativizan algunas de sus afirmaciones e interpretaciones, según el conocimiento actualmente disponible.
El título de la obra delimita concisamente su objeto de indagación, aunque es preciso advertir que en relación a los indígenas, y tratándose de una elaboración a partir de las fuentes de archivo, coloca el foco en su situación durante los siglos XVI y XVII, con referencias menores a la época prehispánica (en particular a los tiempos más remotos) y a sus investigaciones en el campo de la arqueología.
No nos detendremos en su análisis del segundo grupo, el de los conquistadores, por razones de espacio y porque su actuación no forma parte de nuestro núcleo de intereses. Diremos sin embargo que se trata de un análisis de gran riqueza, que permite una fascinante aproximación a los actores y a la época. Considera el desarrollo económico de la elite europea, con sus producciones en el medio urbano y rural y su inserción en los circuitos mercantiles interregionales; la fricción interétnica con la población local (evaluando sus diferentes términos y evolución histórica); la dialéctica entre acuerdo y conflicto en el interior de la elite (vecinos feudatarios, funcionarios estatales, clérigos), así como su vinculación con los sectores europeos subalternizados (españoles y mestizos “sin vecindad”).
No dejan de sorprender algunas posturas críticas, sin dudas polémicas para el ambiente conservador dominante en la intelectualidad cordobesa de la época. Deja mal parado al Monseñor Pablo Cabrera (“máximo glorificador de la conquista”) en su interpretación de un expediente judicial correspondiente a la zona de Quilino (año 1620); ve en la caída demográfica de la población aborigen, entre otras causales, el resultado de una estrategia de exterminio dirigida a la apropiación de tierras para la instalación de estancias de ganados; contrasta la laboriosidad de los pueblos serranos con actitudes opuestas comunes entre la elite conquistadora; critica, con relación a este punto, la inversión de términos por parte del discurso colonial (puntualmente a partir de la obra de Lozano), que presenta al campesinado local como “salvajes trogloditas”; analiza el proceso de mestizaje y comprueba el considerable porcentaje de sangre indígena que conservan las familias de abolengo cordobesas, el cual es habitualmente negado.
También debemos referirnos a su ajustada apreciación de la geografía, originada en un detallado conocimiento del terreno, que le permite ir más allá de una percepción simplemente teórica o bibliográfica. A partir de allí logra correctos análisis e interpretaciones sobre los primeros movimientos de los conquistadores y la documentación más temprana (vg. la “entrada” de Diego de Rojas), como también ocurre con la población indígena, su localización, la escala de sus movimientos y su concepto de articulación microambiental. Con respecto a este grupo presenta una serie de análisis y propuestas, algunas de las cuales consideraremos brevemente.
La agricultura aborigen
El autor define a las sierras de Córdoba y de San Luis como el “Gran Oasis Central Argentino”, por tratarse de una región fértil, con buen clima y abundante disponibilidad de agua, rodeada por planicies comparativamente menos productivas. A una escala menor, observa que el “gran oasis” está compuesto por varios oasis menores, separados por extensiones serranas de escasa aptitud agrícola. Montes sostiene que la decena o docena de oasis principales constituyeron “emporios agrícolas” basados en el riego artificial.
En un trabajo reciente en el que se evalúa la información arqueológica e histórica disponible, planteamos que la agricultura indígena, introducida en la región entre los siglos VI y X, constituía una producción de pequeña escala basada en el secano, el policultivo y la dispersión parcelas en el paisaje. La misma formaba parte de una economía diversificada, que paralelamente encontraba un fuerte apoyo en las actividades de caza y recolección (Pastor y López 2007).
Es preciso señalar que los datos concretos sobre regadíos son escasos y parcos. Estos son mencionados en la cédula de una encomienda que se auto-asignó el fundador Cabrera (zona de Quilino, año 1573) y al menos en otros tres casos en el Libro de las Mercedes: comarcas de Cavisacate (Totoral, 1576), Guanusacate (Jesús María, 1576) y cañada de Citón (Sierras Chicas, 1575). Es interesante apuntar que no se trata de oasis con cabeceras de cuenca en las Sierras Grandes, que son aquellos donde desarrollamos las investigaciones y a los que limitamos nuestras consideraciones sobre la agricultura indígena. A escala del “gran oasis”, esto implicaría que los probables regadíos se construyeron en algunas cuencas hidrográficas de segunda jerarquía.
Lamentablemente, estas fuentes no incluyen descripciones que permitan conocer las características técnicas de los sistemas de regadío o las relaciones sociales desarrolladas en torno a su construcción, mantenimiento y utilización. Existe aquí un vasto terreno para la investigación arqueológica, enfocada tanto en el problema de la agricultura antigua como en microrregiones que permanecen casi desconocidas (vg. Sierras del Norte). Entendemos que la información actualmente disponible no permite sostener el uso generalizado de regadíos en el sector central de las sierras, más allá de casos puntuales aún no detectados.
Una mención aparte merece el caso de los indios del pueblo de Tulián, quienes sembraban sus chacaras al norte de Pichanas, en las “arenas” donde se consumía el río Chihmi, proveniente de Salsacate ( Archivo Histórico de Córdoba -AHC-, Escribanía 1 -E1-, Legajo 3 -L3-, Expediente 3 -E3- y E9, años 1590-91, citados por Montes 2008: 370 ). El autor considera acertadamente que se trata de un ejemplo de cultivo de tierras de inundación, como el que se practicaba en Santiago del Estero. Esta es una situación que tampoco tratamos en nuestro trabajo sobre la agricultura aborigen, por corresponder a una zona y a un tipo de ambiente que se encuentra más allá del área oportunamente delimitada (Pastor y López 2007). Sin embargo, será importante tenerla en cuenta cuando se efectúen estudios en los oasis de Cruz del Eje, Soto, Pichanas y Villa Dolores.
Organización política
El autor desarrolla un valioso análisis de la organización socio-política de la población aborigen. Encuentra en la base de dicha organización un agrupamiento semejante al ayllu andino. Se trataba, en efecto, de un conjunto de personas que se concebían como parientes por descender de un antepasado común, real o mítico. Estas personas gestionaban colectivamente recursos clave para su reproducción económica, como las tierras agrícolas, algarrobales y territorios de caza. Dichas unidades sociales pudieron ser políticamente independientes o integrarse en formaciones de mayor tamaño, aunque conservando considerables niveles de autonomía política y económica. Todos estos rasgos son característicos de la organización segmentaria de las formaciones sociales andinas (Nielsen 2007).
Según Montes, la integración de segmentos en formaciones de mayor tamaño (“pequeñas confederaciones”) fue un fenómeno común en los oasis agrícolas principales, ocupados por numerosos pueblos. En tal sentido, considera los frecuentes casos en los que las autoridades de determinados segmentos ( ayllus , parcialidades ) reconocían a un cacique principal con jurisdicción sobre un valle o comarca, así como las referencias a caciques gobernando hasta ocho pueblos.
En base a estas pruebas, rechaza una declaración del Cap. Tristán de Tejeda, quien sostenía en un pleito que era “… cosa notoria en esta tierra que ningun pueblo que tenga cacique señalado no es sugeto a otro cacique ni pueblo, de lo cual viene a ser gente de tanta bejetría que en todas las Encomiendas que estan hechas y se hacen, se nombra cada pueblo i cacique por si, aunque sean de dos indios...” (AHC, E1, L2, E2, año 1587, citado por Montes 2008: 337-338). Considera que se trata de una afirmación de parte, interesada e inconsistente con la información reunida por los propios conquistadores en sus distintas averiguaciones en el terreno. Agrega que dicha declaración fue luego utilizada tendenciosamente por algunos historiadores para desprestigiar a los indígenas, acusándolos por su falta de gobierno o concepto de autoridad.
En otro lugar presentamos un análisis del proceso socio-político local enfocado en el período prehispánico tardío (siglos X a XVI), donde planteamos la necesidad de profundizar sobre la articulación entre mecanismos integradores y fragmentadores (Pastor y Berberián 2007). Con respecto a los primeros sobresale el fenómeno descrito por Montes: la agrupación de segmentos en formaciones mayores. Dicho fenómeno conllevó el desarrollo y consolidación de lazos comunitarios a través de la realización de actividades grupales (tareas agrícolas, cacerías, festejos), así como la afirmación del poder político, todo ello unido a la voluntad de administrar y defender un territorio, seguramente en un marco donde dichas pretensiones no estaban garantizadas.
Sin embargo, la integración de segmentos no se presentó en todos los lugares, como sugiere el mismo Montes al limitar dicho proceso a los “emporios agrícolas principales”, o como observó más recientemente González Navarro (2005) para la zona del río Segundo, donde no registra la jerarquización entre caciques “principales” y “secundarios”. Todo ello confirma el considerable nivel de autonomía política que exhibía el campesinado local al momento de la conquista.
Por otra parte, la fragmentación de los grupos (efectiva o potencial) contrarrestaba las tendencias integradoras y limitaba las posibilidades de acumulación de poder por parte de determinados segmentos o linajes. Montes detecta estos mecanismos de fragmentación y comprende su significado: “El sistema de trabajo agrícola no aconsejaba pueblos demasiado grandes y cuando la población había aumentado mucho se desdoblaban para estar más cerca de sus chacaras y dividir mejor el trabajo” (Montes 2008: 64).
Tanto la obra del autor como los resultados de las recientes investigaciones arqueológicas muestran un escenario de evidente complejidad y advierten sobre la necesidad de profundizar los estudios. En tal contexto, podría sostenerse que la afirmación de Tejeda, aunque interesada y sin dudas parcial, no dejaba de tener su parte de verdad.
Identidades étnicas, panorama lingüístico
Aunque en su obra de conjunto presenta nueva información (Montes 2008), las ideas fundamentales del autor fueron adelantadas en su artículo de 1958. Según su interpretación, en el siglo XVI las sierras de Córdoba estaban densamente habitadas por grupos que externamente fueron definidos como “comechingones”. Éstos constituían la masa autóctona que se distinguía, entre otros aspectos, por la fragmentación lingüística, aún cuando se reconocían dos lenguas o dialectos principales: una meridional o camiare y otra septentrional o henia .
Los sanavirones eran originarios del bajo río Dulce y Salado, en el sur de Santiago del Estero. Desde allí se trasladaron para instalarse en diferentes puntos de las serranías. Hablaban una lengua que los españoles llamaron “sanavirona” y consideraron una de las principales del Tucumán. Montes reconoce que en muchos casos la migración de estos grupos era muy reciente, aunque diferencia otros que le permiten suponer la existencia de “oleadas primitivas”. De acuerdo a su interpretación, se registran ejemplos de una integración pacífica con la población autóctona y otros en los que se produjeron enfrentamientos. Atribuye a las “oleadas primitivas” de sanavirones la introducción de una serie de innovaciones tecnológicas, entre ellas, principalmente, la agricultura de regadío.
Sin lugar a dudas nos encontramos ante problemas de difícil tratamiento, sobre los que se han obtenido pocos avances significativos. Será necesario, en primer término, ampliar y profundizar la lectura de las fuentes de archivo. Existiendo consenso entre los investigadores posteriores a Montes en reconocer a los sanavirones como grupos foráneos recientemente establecidos en la región, habrá que indagar su idea menos compartida sobre las “oleadas primitivas”, analizando las pruebas que propone y otras de ser posible.
El problema de las identidades (étnicas o de otro tipo) ha sido poco desarrollado por la arqueología regional. Por cierto, se trata de un campo de estudios sumamente complejo, ya que no podrían admitirse “marcadores” identitarios de valor universal, sino otros resultantes de procesos históricos locales y contingentes. En este caso, será preciso considerar aquellas materialidades que pudieron contener información codificada sobre la pertenencia grupal (estilos decorativos, vestimentas, peinados, deformaciones craneanas), pero también aquellas “formas de hacer” o habitualidades expresadas en la repetición de técnicas para la fabricación de instrumentos, en la manera de construir y habitar las viviendas o en el ritual funerario. Recientemente se abordó el problema del conflicto armado a través del análisis de puntas de proyectil y de representaciones rupestres (Rivero y Recalde 2007), lo cual representa una importante vía de acceso en ausencia de otros indicadores como la arquitectura defensiva.
No podemos dejar de mencionar, para finalizar este repaso, su análisis de la influencia incaica y sobre la presencia del quichua prehispánico. El conocimiento actual permite descartar algunas de sus apreciaciones, por ejemplo la vinculación de los regadíos y de una organización semejante al ayllu con la influencia cuzqueña. Hoy sabemos que la agricultura de regadío y la organización segmentaria distinguían a las sociedades andinas desde mucho antes del gobierno de los inkas.
Por el contrario, encontramos interesante y sugestivo su análisis sobre el quichua prehispánico (a pesar de la escasa información), y sobre la inexistencia de relaciones entre la evangelización y la dispersión del idioma del Cuzco, en particular teniendo en cuenta los resultados contrarios obtenidos por investigaciones posteriores (Bixio 1985).
“Indígenas y Conquistadores…” es un aporte fundamental para el conocimiento histórico de la Córdoba antigua. Se trata de una labor investigativa sin precedentes sobre los archivos provinciales, llevada a cabo por un estudioso que paralelamente desarrolló contribuciones significativas en el campo de la arqueología prehispánica. A lo largo de sus páginas predominan absolutamente los buenos análisis y las acertadas interpretaciones. A pesar del tiempo transcurrido, su edición tardía producirá un comprensible impacto dentro del campo de estudios, constituyéndose en una obra de consulta ineludible para el inicio de cualquier investigación sobre el problema.
Bibliografía citada
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1943. Yacimiento arqueológico de Ongamira. Actas del Congreso de Historia Argentina del Norte y Centro I: 229-238. Córdoba.
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